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viernes, 31 de octubre de 2014

Buenos y malos

Este es el proyecto de Adictos a la escritura de este mes. Me ha costado horrores, no solo por la temática (terror... no creo que de mucho miedo, pero en fin) sino también porque se ha aumentado la extensión mínima de los relatos y ya sabéis que a mí pasarme de una página ya me fastidia. Pero bueno, aquí va el resultado...

Buenos y malos
Despertaron en una habitación vacía, sin saber exactamente cómo habían llegado allí. Lo último que recordaban era estar en la fiesta que habían organizado para reencontrarse, charlando amigablemente, como en los viejos tiempos, cuando aún eran el pequeño grupito de voluntariado local que pasaban los fines de semana limpiando la ciudad, acompañando a los ancianos en la residencia o repartiendo comida en el comedor social.
Ahora estaban en esa sala, vestidos con unas extrañas túnicas; ni rastro de su ropa o de sus efectos personales.
¿Qué hacían allí?, se preguntaban unos a otros, mientras se ayudaban a levantarse y a espabilarse, ya que los narcóticos les impedían pensar con claridad. Pero pronto otra pregunta les rondó la mente: ¿Qué había sido de Roger? Estaba con todos cuando empezaron a sentirse indispuestos, y había comido y bebido lo mismo que ellos, pero no había ni rastro de él.
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Les miraba con asco, los niños buenos del instituto, los que renunciaban a la diversión y a su tiempo libre pensando que el universo les iba a retribuir sus buenas acciones en el futuro. Pobres idiotas ilusos. Estaba deseando ver lo buenos que iban a ser cuando acabara con ellos.
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No había forma de salir. Toda la sala era de hormigón macizo, y la puerta de acero, impenetrable. Ni siquiera tenían muebles que pudieran usar como arietes, y ya habían intentado abrirla lanzándose contra ella al unísono con todas sus fuerzas, sin hacerle siquiera una muesca o la más mínima abolladura. Lo único que rompía la monotonía de la estancia era la inmensa pantalla de televisión, pero no tenía botones visibles y ni siquiera sabían si había un modo de conectarla.
Finalmente, derrotados, se sentaron en un rincón, muy juntos, buscando consuelo en los demás. Fue justo entonces cuando la pantalla se iluminó, mostrando un mensaje de letras rojas sobre fondo blanco:
-Uno de vosotros ha caído ya. ¿Quién será el siguiente?
La desesperación al conocer la suerte de Roger les hizo ponerse histéricos. Lloraron, volvieron a dar vueltas en busca de una forma de huir, arremetieron contra la salida. Todo sin éxito. El mensaje no cambió hasta que su actitud no volvió a ser derrotada y resignada.
-Tic, tac, tic, tac. ¿Nadie se ofrece voluntario?
Los amigos se miraron unos a otros, con cara de pánico.
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Demonios, estaba disfrutando con esos idiotas bonachones. Estaba deseando ver qué hacían a continuación. ¿Volverían a recorrer la habitación desesperados o, mejor, se volverían a estampar contra la puerta blindada en un intento por escapar?
Estaba a punto de azuzarles con un nuevo mensaje cuando la santurrona de Denisse habló:
-Yo me ofrezco voluntaria.
Y el resto, en vez de aceptar el sacrificio para salvar sus miserables vidas, protestaron. Malditos santurrones. Acabaron jugándose quién sería el siguiente. Ganó Denisse. Hija de puta. Ella nunca había hecho trampas, y empezaba justo ahora. Hubiera preferido dejarla para el final, para que hubiera más probabilidades de corromperla, pero él había puesto las reglas y tenía intención de cumplirlas. En fin. De todas formas sería divertido matarla.
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Despertaron tiempo después, no sabían cuánto. No había rastro de Denisse y todos la lloraron en silencio, sin fuerzas para más. Tardaron un largo rato en darse cuenta de que la ausencia de su amiga no era el único cambio de la habitación: varios platos y vasos repletos se alineaban en una de las paredes. El mensaje de la pantalla de televisión también era distinto y ahora decía:
-¿Cuáles estarán envenenados?
A pesar del dolor y el miedo, encontraron fuerzas para debatir qué hacer. No faltaron los que se ofrecieron voluntarios para actuar como catadores para que el resto pudiera comer sin riesgo. No obstante, Peter tenía otra idea:
-Llevamos como mínimo dos días desaparecidos y nadie ha acudido en nuestra ayuda, aunque seguramente a estas alturas han denunciado nuestra desaparición y los cuerpos de seguridad están en marcha. Eso significa que no saben dónde estamos, y que nuestro captor se ha tomado la molestia de deshacerse de nuestros teléfonos para que no nos localicen por gps. Tampoco parece haber posibilidad de escapar... Por otro lado, está claro que quiere matarnos a todos, divertirse a nuestra costa. Así que propongo que nos rebelemos. No vamos a seguirle el juego. Comeremos todos de todos los platos, y que sea lo que Dios quiera.
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Maldito fuera. Maldito mojigato de mierda. No solo quería convertirse en mártir, quería convertir a los demás también, lo que trastocaría todos los planes. La idea era someterles a tal presión que acabaran rompiéndose. Lo que tenía que pasar era que, con un par de muertes más, perdieran toda su capacidad de autosacrificio y empezaran a pelearse por no ser los siguientes. En cambio, lo que habían perdido era la esperanza y ahora pretendían realizar un maldito suicidio conjunto.
-¿Quién ha dicho que vayáis a morir todos? -se apresuró a escribir en la pantalla, al verles acercarse a los platos-. Os ofrezco un trato: eligiréis a dos. Una persona morirá. A la otra, la dejaré marchar.
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El grupo intercambió miradas. ¿Existía realmente posibilidad de que algunos se salvaran? Poco a poco las miradas convergieron en Peter. No estaba claro que su propuesta fuera idónea, no en vano implicaba que todos tomaran voluntariamente productos envenenados, pero desde luego habían estropeado los planes del psicópata, cualesquiera que fueran. Dadas las circunstancias, eso era ya una pequeña victoria.
-No haremos ningún trato. ¿Cómo íbamos a saber si la persona destinada a salvarse no acaba muerta igualmente? -replicó Peter, decidido.
-Tendréis que confiar en mí -marcó la pantalla.
-¿Confiar en ti? Nos has drogado, nos has secuestrado, has matado a nuestros amigos. ¿Cómo íbamos a confiar en ti? -gritó James a a pantalla. Peter manifestó su acuerdo, así como los demás. La pantalla estuvo negra un rato que se hizo eterno antes de aparecer un nuevo mensaje:
-Puedo dejar el cadáver del que muera en la habitación. Así sabréis que el otro no ha corrido la misma suerte.
-¡Como si no pudiera estar muero sin que lo veamos! ¿Dónde están los cadáveres de Denisse y Roger? ¿O acaso pretendes hacernos creer que están vivos porque no les hemos visto muertos? No solo eres un maldito psicópata, ¡ni siquiera eres capaz de pensar con coherencia! -exclamó Peter, con la obvia intención de provocar. Como no hubo respuesta inmediata, le azuzó más-. Vamos, muchachos. Un mordisco de cada plato y todo acabará.
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Maldito, maldito, mil veces maldito. Estaba bloqueado. Odiaba los imprevistos. Y nada de eso estaba previsto. Vio el grupo acercarse a los platos de nuevo, ¡no podía acabar así! Antes de que ninguno pudiera probar bocado, volvió a accionar el dispositivo que vaporizaba la droga en la habitación, haciéndoles caer inmediatamente al suelo, inconscientes.
Miró los cuerpos tendidos largo rato, hasta que ideó algo. Peter era el culpable de todo. Si le eliminaba, el resto volvería al camino que les había trazado. Aunque... pensándolo bien, James también había metido baza. Mejor se lo cargaba a él también.
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La puerta de la habitación se abrió lentamente, y el asesino se asomó. No obstante, antes siquiera de que pudiera entrar, escuchó a su espalda:
-¡Manos en alto, policía!
Pero no iba a parar, ahora no. Cogió la pistola que guardaba en el bolsillo de la chaqueta para deshacerse de esos incordios. No llegó a apretar el gatillo.
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Despertaron con pocos minutos de diferencia y lo primero que hicieron, al verse en el exterior, rodeados de policías y sanitarios, fue preguntar por los demás. Lloraron de alivio y alegría al descubrir que, contra toda esperanza, habían llegado a tiempo para salvar también a Denisse, a la que el psicópata había enterrado viva. La suerte quiso que un par de adolescentes que vieran el final del enterramiento y dieran la voz de alarma. Hubieran procedido a la detención de inmediato, pero como no sabían dónde tenía al resto y el dispositivo de rastreo no daba frutos tuvieron que esperar a que les condujera hasta ellos.
-Pero, ¿y Roger? ¿Han logrado encontrarle a él también? -preguntó Peter, sin muchas esperanzas.
-¿Roger Rodrígues? -preguntó uno de los agentes. Al asentir los amigos, pareció dudar antes de decir-: Roger Rodrigues es el individuo que os tenía encerrados.
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Pasaron los meses, y las respuestas al rompecabezas de Roger comenzaron a llegar. Abandonado por su esposa en favor de su mejor amigo, que cogió todo el dinero del negocio que compartían antes de la fuga, abandonándole con un cúmulo de deudas imposible de pagar y dos niños a su cargo, Roger había comenzado a tener problemas de personalidad. Tras perder la custodia de los niños en favor de los abuelos maternos, que demostraron que no eran en realidad sus hijos, se desmoronó y requirió ayuda psiquiátrica. Ya entonces repetía una y otra vez que se odiaba por haber sido bueno, pero a los pocos meses se calmó y no tardó en lograr que le dieran el alta. Ahora, tras haberse entrevistado con numerosos psiquiatras del Estado, sabían que había estado fingiendo su mejoría para llevar a cabo su plan: convertir a sus antiguos amigos en gente mala o matarlos para que no sufrieran por ser buenos.
Por suerte, se le había detenido a tiempo y ahora estaba bien custodiado, aunque insistía en que quería ver a sus víctimas a solas. Desde que recibió la negativa de todos ellos parecía haberse calmado.
-No me han perdonado -repetía a su psiquiatra-, así que ya no son tan buenos y, al menos, algo he hecho por ellos.

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Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

domingo, 26 de octubre de 2014

¡Club de lectura de Incursores de la noche!

Zona Club Lectura ha organizado una lectura conjunta de Incursores de la noche. Durará todo noviembre, así que hay tiempo más que de sobra, porque es una novela bastante corta. Ya se ha animado bastante gente, espero que vosotros también. ¿Qué mejor forma de leer un libro que poder compartir tus comentarios con otras personas que también se lo están leyendo? Además, es gratis ^^


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domingo, 19 de octubre de 2014

No todo son relatos: Diseños 3D

Voy a compartir un par de diseños 3D más... Últimamente casi no tengo tiempo para ello, pero en mi ordenador hay unos cuantos guardados.
diseño 3d

diseño 3d

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domingo, 12 de octubre de 2014

Mamá en venta

Hoy retomo la publicación de relatos con uno infantil, que escribí hace bastante tiempo para participar en un concurso. Aunque está lejos de ser mi género, creo que quedó bastante digno ^^.

Mamá en venta
Érase que se era un niño muy avaricioso. Tan avaricioso que guardaba toda su paga en un sitio que nadie más conocía y que vendía todos sus juguetes nuevos y las chucherías que le compraban para tener más dinero. ¿Para qué quería todo eso, si su mejor entretenimiento era contar y recontar sus monedas?
También era incapaz de hacer nada si no ganaba dinero con ello. Así que recogía su habitación y la mantenía ordenada porque, si no, su madre no le daba la paga, pero si le pedía que le ayudara a cargar con las bolsas de la compra, que fuera a por el pan, que pusiera la mesa, o incluso que fuera amable con la abuela, que nunca le daba dinero a escondidas porque era pobre, siempre preguntaba:
—¿Cuánto me vas a pagar por hacerlo?
Un día su deseo de conseguir más dinero fue tan fuerte que vendió hasta sus zapatos y pasó todo el día descalzo, pero cuando llegó a casa su madre se enfadó tanto que le castigó sin sueldo hasta que pagara lo que costaban. Desde ese momento, el niño no volvió a pensar siquiera en vender su ropa, pero una idea comenzó a rondarle en la cabeza. ¿Y si vendía a su madre? Así seguramente no sólo ganaría una fortuna, sino que además dejaría de tener que aguantar sus regañinas y sus charlas sobre lo importante que era ser solidario y no tan rácano.
Una regañina más de su madre fue suficiente para que se decidiera: sólo tenía que encontrar un precio. Una mamá tenía que ser cara, pero no podía pedir mucho dinero porque nadie podría comprarla. Al final decidió que tres meses de paga era una buena cifra. Fijado el precio, necesitó esperar a que le comprara una caja de lápices de colores (la otra que tuvo la había vendido hacía tiempo) para dibujar un par de carteles con un retrato de su madre y unas letras viejas bien grandes en las que ponía:
¡Mamá en venta! Infórmate en la casa de las ventanas amarillas.
Ese mismo día, una señora vestida de negro y una máscara veneciana se acercó y preguntó, con voz profunda:
—¿Tú eres el que vende una mamá?
—Sí —respondió el niño, sorprendido de que los carteles dieran resultado tan pronto—. ¿Quieres comprarla? Pareces muy mayor para necesitar una mamá.
—Y tú muy pequeño para vender la tuya. ¿Cómo vas a comer?
—Sí, supongo que eso es un problema —respondió el niño.
—No te preocupes por eso. Colecciono mamás, así que hace mucho que aprendí a solucionar eso. Te pagaré sólo la mitad de lo que me pides, pero a cambio recibirás una madre robot exactamente igual a la que tienes y capaz de hacer lo más básico: cocinar, ir a trabajar, vestirte y llevarte al colegio.
—¿Y darme la paga?
—Sí, supongo que también puede hacer eso.
—Entonces de acuerdo.
—Bien —la misteriosa mujer soltó una risa siniestra—. Mañana, cuando vuelvas del colegio, tendrás el dinero sobre tu cama y la mamá robot ya estará en activo. Si hay algún problema, dale un papel contándonos qué pasa y nos lo hará llegar. Responderemos en seguida.
El niño aceptó, contento por haber hecho un trato tan bueno, y se despidió de la coleccionista de mamás. Al día siguiente corrió a casa para comprobar que sus monedas estaban ahí, tal y como le habían prometido. Y allí estaban, así como la mamá robot, que ni siquiera le saludó. Contento por no tener que oír sus regañinas y reproches, pasó el resto de la tarde contando y recontando su dinero.
Luego, tras esconder sus monedas en su sitio secreto, salió a cenar y, nada más dar el primer bocado, tuvo que escupirlo. Luego probó el segundo plato y comprobó que también estaba asqueroso. ¡La mamá robot no sabía cocinar! Furioso, escribió su queja y se la entregó al artefacto.
—Procesando... recibiendo respuesta. Lo sentimos. La mamá robot cocina, pero sólo las mamás de verdad cocinan bien.
Aunque algo enrabietado, finalmente se encogió de hombros y lo dejó correr, pensando que de todas formas había hecho un buen trato. Pero luego, a la hora de dormir, el robot no fue a darle las buenas noches, a arroparle, a contarle el cuento y a espantar a los monstruos de su armario. Enfadado, escribió sus quejas y se las entregó al artefacto.
—Procesando... recibiendo respuesta. Lo sentimos. La mamá robot no puede leer cuentos, ni tiene sentimientos, así que no puede darte cariño. Sólo las mamás de verdad te arropan y te protegen de los monstruos.
Resignado, se fue la cama, aunque apenas pudo pegar ojo por el miedo y el fastidio que sentía. Cuando su padre llegó a casa, bien entrada la noche, corrió abajo para que sustituyera a su madre y espantara a los monstruos, pero él estaba muy cansado y sólo consiguió que le regañara por estar levantado tan tarde. Para colmo, como no había ordenado su habitación porque el robot le daría la paga de todas formas, se tropezó con sus zapatillas y se dio un buen golpe.
Al día siguiente le despertó un ruido extraño, como un motor. No quería abrir los ojos todavía, pero pronto se dio cuenta de que ¡no estaba en la cama, sino en el coche, en pijama y con el cinturón puesto!
—¿Qué haces?
—Tengo que llevarte al colegio a las ocho treinta. Son las ocho treinta —respondió la inexpresiva mamá robot.
—Pero no he desayunado, ni estoy vestido —se quejó el niño. Pero dio lo mismo que protestara, porque le obligó a entrar así mismo al colegio, donde todos se burlaron de él.
Esa misma tarde le entregó una larga nota de queja a la mamá robot.
—Procesando... Recibiendo respuesta. Las mamás robot están programadas para hacer cosas sencillas, no como las mamás de verdad. La próxima vez ponte el despertador.
El niño entonces se puso a llorar desconsoladamente, pero no recibió consuelo del imperturbable robot. Cuando se calmó un poco, escribió una nueva nota en la que simplemente ponía:
Quiero recuperar a mi mamá.
—Procesando... Espere.
La robot se fue de la casa y el niño se quedó solo un rato, hasta que apareció la mujer misteriosa de la otra vez.
—¿De verdad quieres recuperar a tu mamá de verdad? —el niño asintió—. Vale. Esta es la cifra por la que estamos dispuestos a venderla.
—¡Pero yo no tengo tanto dinero! Me la comprasteis por mucho menos.
—Ya, pero vale mucho más. Si quieres a tu mamá, ese es el precio —el niño se puso a llorar de nuevo—. Vaya, creo que la quieres mucho. Siendo así, te devolveremos a tu mamá por todo el dinero que tengas.
Sin pensarlo dos veces, el niño corrió al escondite secreto, cogió todo su tesoro y se lo entregó a la señora. Entonces ella se quitó la capa y ¡allí estaba su mamá!
Al niño no le importó que todo hubiera sido un engaño suyo para darle una lección tras ver el cartel. La abrazó y se disculpó una y otra vez. Desde ese día, el niño comprendió que las cosas importantes no tienen precio y dejó de ser tacaño.
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domingo, 5 de octubre de 2014

No todo son relatos: Mi disfraz steampunk

 Lo que hace el aburrimiento. Tenía el gorro desde hacía tiempo, sin customizar, así que un día pillé unas canilleras, alambre, gafas de carpintero... y mucha pintura. Un corsé, un vestido y una falda completaron el atuendo...
Al final usé el disfraz para el FFF2. No gané el concurso de cosplay, pero me lo pasé genial ^^.